Momentos de desesperación en Atlanta.

joey-kyber-132520

Hace unos meses tomé la decisión de visitar a mis amigos en Muscatine, Iowa. Esta pequeña ciudad no tiene aeropuerto debido a que el flujo de visitantes es bastante bajo. Los vuelos al aeropuerto más cercano cuestan mucho más de lo que yo podía pagar, así que la mejor opción para mí, fue comprar un boleto aéreo a Chicago y luego tomar un bus a Muscatine.

El bus tarda unas 3 a 4 horas en llegar a Iowa desde Illinois. Este recorrido no me molesta en lo absoluto pues ya lo había hecho anteriormente: hace 4 años cuando fui de Iowa a Chicago y luego a Nueva York, pero esa es otra historia.

El vuelo tenía solo una escala, Atlanta, Georgia. Todo el recorrido de ida fue maravilloso. Cada paso desde que decidí ir: sacar la visa de turismo, comprar los boletos y el viaje como tal, fluyeron cual agua en un arroyo que baja desde la cima de una montaña atraída por la gravedad. No se podía sentir más natural o simple que eso. Sin embargo, regresar a Panamá fue todo lo contrario.

Si me conocen, saben que en mis cortos 25 años de edad me he enfrentado a un sinfín de situaciones a las que personas normales solo vivirían en sus peores pesadillas. Pero mi vida ha dado un giro de 360° en los últimos años. En especial en los últimos 3 meses, pues el mayor problema que he tenido que enfrentar durante este tiempo es que filtro utilizar en Instagram para verme más flaca.

Tengo un trabajo decente, un buen novio y mascotas entrenadas a hacer correctamente sus necesidades. Un techo sobre mi cabeza, más comida y ropa de la que necesito. He viajado a muchos países y no tengo grandes deudas. Y mi inmadurez se ha hecho un lado para dar paso a una “Betzy más adulta” que puede manejar cualquier situación sin mayor esfuerzo. Pero tal y como dice la canción, la vida te da sorpresas.

En el viaje de regreso a Chicago no hice más que dormir. Estaba exhausta y triste pues estaba dejando mi segunda casa nuevamente. Muscatine es un lugar al que por alguna razón siento que pertenezco más de lo que me gusta admitir. Un lugar lleno de gente maravillosa a la que no había visto en mucho tiempo. Un lugar al que no sé cuando regresaré, pero que adoro profundamente. Dormí porque tener sentimientos es agotador.

Una vez en la estación de autobuses en Chicago, tomé el tren y llegué al aeropuerto sin problemas, solo para terminar encontrándolos adentro. Mi vuelo estaba retrasado, y de esto fui informada en persona y luego vía email. Lo que desconocía era que había cambiado la puerta de salida. Esperé 4 horas por un vuelo que ya se había ido. Sin saberlo, pues creía que simplemente estaba retrasado.

Se me asignó otro vuelo, este salía en 2 horas y luego se retrasó 2 horas adicionales. No había forma de que alcanzara mi conexión en Atlanta. El siguiente vuelo a Panamá salía en 24 horas. Mi pequeño mundo perfecto se me vino encima. La Betzy más adulta se había mantenido positiva durante lo que ya eran 8 horas en el aeropuerto, pero al escuchar esto todo lo que pudo hacer fue ir a reclamar al puesto de atención al cliente de la aerolínea.

Decidida fue a exigir su derecho como clienta y en cuanto llegó su momento de hablar, la pobre Betzy más adulta no hizo más que volverse un ocho como decimos en Panamá, o sea que me enredé toda. Deja de hablar en tercera persona, es raro.

En fin, la representante terminó dándome un vuelo a Atlanta que estaba por salir, así que por lo menos no tenía que esperar más. También me ofreció una habitación para quedarme en Atlanta por una noche sin costo adicional.

Después de unas 3 horas en ese vuelo de conexión, por fin había llegado a Atlanta y el solo pensar en poder llegar al hotel y tomar una ducha caliente me alegraba el corazón. Pero mi paciencia sería puesta a prueba una vez más.

Cabe destacar que obtener el permiso en el lugar donde trabajo no fue cosa fácil. Pasé noches en vela tratando de terminar todo lo que tenía que hacer para poder ir de viaje. Un día extra no estaba en mis planes y sabía que este retraso me causaría problemas en el trabajo. No hay nada más frustrante que tener problemas o causarles problemas a otros y no poder hacer nada al respecto.

Una vez salí del avión, fui dirigida a un puesto de atención al cliente en donde después de hacer fila por 30 minutos, fui enviada a otro puesto de atención al cliente. Esto fue porque aparentemente me encontraba en la sección doméstica del aeropuerto y no en la sección internacional.

Para llegar a la otra sección tuve que tomar un tren y caminar por unos 10 minutos. Mientras hacía mi recorrido por el aeropuerto más grande del mundo, me percataba de algo extraño, mientras más me acercaba a mi destino, menos gente había. Estoy hablando de kilómetros, ¡literalmente! Cuando llegué, NO HABÍA UN ALMA.

Caminé por unos 5 minutos más y encontré a una señora que estaba barriendo, ella me confirmó que ya esa área había cerrado. En Atlanta, era pasada la medianoche. Fui devuelta al inicio del área internacional. Ahí, bajo la luz de un enorme candelabro de cristal, se encontraba el centro de información general. Estaba vacío.

Justo en aquel lugar, donde más de 96 millones de personas viajan anualmente, me tiré al piso a llorar.

Lloré porque quería regresar a casa y lloré porque quería quedarme en Iowa. Lloré porque estaba enojada porque no había nadie y lloré aún más alto porque estaba aliviada de que no había nadie que me escuchara. Lloré porque odiaba cada decisión que me había llevado a este punto de desesperación y lloré porque a pesar de todo, tal vez no habría hecho nada diferente. Lloré porque estaba cansada y me cansé aún más porque estaba llorando.

Me quedé ahí por unos minutos, tal vez fueron segundos, tal vez horas. Tal vez en otra realidad aún sigo ahí, llorando en el piso con pensamientos más complicados y contradictorios que los versos de una canción de Ricardo Arjona.

Una seguridad del aeropuerto me ayudó a levantarme y me dio unos pañuelos para que me secara la cara. Cuando pude hablar, le dije lo que me había ocurrido y ella me acompañó hasta el tren para regresar a la sección de vuelos domésticos para que hablará nuevamente con el agente que me había enviado allí.

El agente se disculpó por no conocer el horario de atención al cliente de la compañía para la que trabaja dando servicio al cliente. Luego me dio la documentación que necesitaría presentar en el hotel y me indicó como llegar al bus que me transportaría a mi destino temporal.

Ya eran pasadas las 3 de la mañana cuando por fin pude poner mi cabeza en una almohada. Dormí por unas horas y me perdí el desayuno gratis que ofrecía el hotel. Así que hambrienta y con los ojos aún hinchados de tanto llorar, me puse a trabajar un poco para liberar mis pensamientos.

Aunque me tomó unas 30 horas volver a casa, estaba agradecida por todos los sucesos que me llevaron a ese momento de desesperación total. Sé que suena extraño, explico: siento que había confundido el alcanzar madurez emocional con enmascarar sentimientos. A veces es bueno llorar, te liberas de un peso mental que no se pierde de otra forma.

Lloré por todo lo que tenía que llorar, no es que haya visto la luz ni nada por el estilo, pero esas lagrimas estuvieron acumuladas por largo tiempo dentro de mí y ahora son parte de la basura reciclable del aeropuerto de Atlanta, en donde pertenecen.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s